sábado, 21 de junio de 2014


llega la noche.
 leche del pánico.
viento aliento malo.
piraña reina.               errar de áridos.
      visión tartamuda de mi cadáver.
madera culta en termita.
flamenco de pluma mate sin reflejo de lago.
rorcual agrio.
tótem astillado.
    mano chata sin pulgar oponible
    sin capacidad prénsil
    sin secreto del fuego.
rodapié de clavo óxido.
tundra estúpida.
rata sin rabia en su saliva.
mandíbula corva.
lunar que crece en contornos temibles.
caleidoscopio de cristales negros.
plaga.
plaga de pavesas de poda.
calavera sin pelvis por la que caber.

Noche.

cal
erizo
deslumbre (negación de lumbre)
pústula
rótula
envés
larva
lenta
derribo
vértigo
vértigo
2vértigo

lunes, 14 de octubre de 2013

Volverán los aeropuertos con su acontecer derramado con bullicios envueltos en la esterilidad plástica de las maletas. El panel apremiante con sus letras enarbolando volteretas hasta detenerse en la fecundidad exacta de la amargura. Y esta melancolía asumida, de cola larga, en mi artesanal oficio de claudicar. Se marcan los destinos, todos huídas a ninguna parte, ciudades restos de naufragios de lagar; lugares fecundos en la ira. Nunca tú. Tal vez sólo las cajas donde se acumulan los juguetes rotos. Las tinajas huecas donde se alojaron con cierta frecuencia tus sábanas. Sólo el agua amarga. La dicha del animal marcado. El recato y la humildad. Perder pie. Besarte un párpado. Dejar manar la dulce querida bendita conocida inaguantable herida de perderte.

viernes, 6 de agosto de 2010

nosotros los argonautas



Llegará una mañana
en que me acercaré a ti con
gesto horizonte
y la luz de otros días.

Me tenderé a tu lado
en la hierba,
con los párpados alimentados de
fuegos anteriores
y te hablaré de nuestro viaje
hasta los arrozales de destello y
púrpura.

Llenaré nuestros cuerpos
de la metamorfosis que anida la carne.
Recolectaremos vainas de lumbre seca
para el alentar el camino.
La vasta esperanza
- con su calor traicionero de sol de invierno -
se nos aparecerá de nuevo
por entre las ramas.

Dejaremos tras de nosotros
aquellas jarcias de la fatiga y
posaremos la mirada en
lo lejano
en
lo perdido;
en el árbol hogareño de los pájaros predilectos.
La isla fecunda de prodigios
que habitara Morel.

Vestiremos los hábitos que nos precisa
este fin último
de nuestros esfuerzos.
Este caminar juntos.
Llegará - en suma - una mañana
en que discutiremos los términos exactos de nuestra mudanza.
Iremos
al barrio rico.
Al hogar con chimenea.

Y entre los confetis heroicos de los amigos
partiremos
y
ambos sabemos
que desgastaremos los remos
antes de avistar quimera firme.

Serán largas jornadas
para nosotros los argonautas.
Y tras incontables de sudores
y mansedumbre
desembarcaremos,
- tal vez tarde -
a la estancia de las aves tardías.
Hollaremos su suelo
como barco rompiendo hielo antártico.
Heredaremos su urdimbre.
- Será está – diremos.
Nuestra isla.
La triste Ítaca.
La elegida por aquellos
que preferimos mirar el fuego.
El simple transcurrir de nuestros días.
El chocolate amargo.
El torpe embeleso de las derrotas.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Un merecido ascenso



Está en la misma esquina cada mañana, de lunes a viernes, de 08:30 a 18:30.
Bajita, de color látigo, …taypocos años pero muy mal llevados. Las manos flacas y en exceso desgastadas. Una especie de manta ecuatoriana llena de flecos que se arrolla a la cintura y la mirada profesionalmente triste.

Pide.

A eso se dedica, diez horas al día, menos los fines de semana. Pide con mirada perrito y se acurruca en su manta. La panadera de enfrente le regala cada mañana una napolitana de crema y cada tarde un donut de chocolate, con un afectuoso “Toooma, golosa, que eres una golosa”. Esther (que así se llama) sonríe con dientes picados y suspira un “gaccia señoda” de acento irreconocible y agradecimiento franco. Sonríe muy bonito, la verdad.

No usa cartel, ni de los ingeniosos, ni de los tradicionales ni de los de falta ortográfica. Para pedir usa la mano y los ojos. No hay ira ni enfado si eludes su presencia. No se incomoda si cambias de acera. No agrede con su actitud.

Un poco a la derecha hay una tienda de delicatessen, pero ahí Santi no da su brazo a torcer y no pasa de ceder una barra de pan de cuando en cuando. Y a desgana.

No fuma (eso que se ahorra) y mantiene bastante impoluto su rincón, aunque sus dos mochilas sucias y quejumbrosas contagian sus presencia a todo el espacio, y aquello parece sucio y quejumbroso, pero no es verdad. Tiene unas zapatillas blanquísimas, de marca, recién estrenadas que le dieron los del Sport Zone y relucen como un anuncio de dentífricos.

A muchos ya no nos pide, sabe que no hay caso, y sólo nos da los buenos días o las buenas tardes terriblemente formal. Sospecho que agradece de veras la mirada conocida y el sucedáneo de familia que le ofrecemos la vecindad habitual.

Cuando finaliza su jornada de trabajo, espera a que pase algún conocido para pedirle que le abra el cajero del BBVA de justo detrás. Los de la sucursal lo han intentado todo para que no acampe allí, pero poca salida tienen. No pueden cerrar el cuartito y dejar a todos sus clientes sin acceso, así que saben que de septiembre a marzo siempre aparece alguien que le pasa la tarjeta por la ranura a Esther para abrir la puerta, y ella duerme al calor extraño de la sala y a la nana continua del zumbido del cajero.

Se crea un extraño simulacro de intimidad en esa sala. Ninguno queremos mirar dentro porque es como si estuviéramos espiando en baño ajeno, y ella procura no molestar tumbándose discreta en una esquina con el logo del banco a contraluz y la foto impactante servida para quien la quiera.

Ayer, sin querer, la vi revolverse en el cajero y organizar sus cosas. Está embarazada, ya de mucho, un tripón enorme que sobresale un poco entre la manta y el cartón. Ahora me explico lo que le escuché una mañana a la farmaceútica, que le dijo que le pidiera lo que necesitara de ahí en adelante.

Los viernes, a las 18:31, recoge sus bártulos y se va a la estación de autobuses. Paga el euro y poco del viaje al centro y desaparece en el fondo del autobús verde. No la vemos en todo el fin de semana.

El lunes volverá, a eso de las 08:15, llegando siempre un cuarto de hora antes a su puesto de trabajo, como cualquier otro empleado formal del banco y que espera, pacientemente, un merecido ascenso.

miércoles, 30 de junio de 2010

estambre



Con un vocabulario de estambres
heredado
de gentes de labranza
no dejo de repetirme:
"Que no te encuentre
no es lo mismo que te haya perdido
".

martes, 18 de mayo de 2010

Votos



De una parte, Mis Adentros, presentes en la sala y representados por esta sucesión de torpezas que me definen; y de la otra, Ella, mujer pretenciosa y persistente que se empeña en habitarme, se testimonia que:


EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS

a) Llegaste en tornado y, para que no se me llevara el viento, decidí meter piedrecitas de ti en los bolsillos y jugar a no darte por perdida.
b) Le tomé aprecio a tu hueco, y pasé los días admirando desde la ventana los esqueletos de los paraguas, que se dan la vuelta y revolotean en el aire como mariposas sabias.
c) Me acostumbré a vivir buscando las palabras aledañas a tus adentros y bauticé tus labios como el lugar donde se fraguan los vértigos exquisitos.
d) Me propuse desempolvarte el amor minuciosamente, con espíritu de relojero que detalla, con simpatía por los engranajes, sus días.
e) Busqué pizquitas de sosiego en las esquinas de las páginas de los libros. Como resultado me convertí en un idiota cultivado, en un melancólico perseguidor de la fiesta pagana de tu risa.

Dado que si no estoy a tu lado, todo tiene la textura de las mentiras y los días se suceden con el tacto equívoco de una serpiente, el Comité de Acá Adentro ha decidido tomar estas medidas con carácter inmediato:

CONCLUSIONES

1 ) Nombrarte mi criatura.
2 ) Inaugurar la temporada de la modorra linda a tu lado, con especial énfasis en las mañana de hacer patria en la cama.
3 ) Propugnar el tiempo de los besos minuciosos.
4 ) Esforzarme en dejarte ganar al Trivial y vaciar el tubo dentífrico desde abajo.
5 ) Usar la oscuridad como especia de nuestros juegos de cama.
6 ) Besarte los tobillos.
7 ) Declararme en quiebra de ti cuando te vayas al trabajo un lunes tras un fin de semanda pleno de sudores tiernos.
8 ) Compaginar mi nostalgia de barullo contigo con las ganas de darte almohadazos en días alternos.
9 ) Invitarte a castañas asadas.
10) Comérmelas yo todas.
11) Comprarte otra bolsa.
12) Comerme yo la mitad.
13) Hacerte monigotes tontos en las servilletas de los bares. O barquitos de mondas de naranja con palillos-vela.
14) Postularme como bufanda de tus fríos.
15) Inventar el abrigo para dos.

De conformidad con lo aquí expuesto, queda resuelta la causa (de la punzada en el costado al oír tu nombre) con sentencia inmediata de conjunto.
Cúmplase con celeridad y premura, que tengo frío y me dueles desde lejos...

lunes, 10 de mayo de 2010

Ya estamos listos



A veces uno se levanta con un dolor acá.
Poco importante, en principio.
Algo parecido a la Nada famosa de la Historia Interminable.
Una sensación de vértigo gris, como casi todos los vértigos.
Un dolor que, de alguna forma, nos place, como casi todos los dolores.

La cosa resulta algo extraña porque ninguno de los resortes enciendetristezas está hoy en marcha. Hoy huele a primavera o a un simulacro muy exacto a ella.

Si cometes el error de buscarle causas a este dolorcito, acabas recorriéndote de arriba abajo. Y recuerdas tus primeros años de ser niño y jugarse la vida a las canicas. Años de no hacer cálculos sobre las cosas e ir a los sitios corriendo porque sí. A éstos les sucedieron unos pocos días de besos primerizos y simples, que nos supieron a poco entonces y a final de Casablanca ahora, cuando la memoria nos estafa.

Enumeramos y nombramos las heridas recibidas. Etiquetamos las balas.
No muchas, tampoco hay que presumir. Las normales y justas de cualquiera.

Rememoras, en esta mañana con dolorcito, la atmósfera de aquellos días en los que te sentías luminoso por dentro, casi un hallazgo milenario en el umbral de su descubrimiento. Y rememoras, además, cuándo aquello dejó de pasar.
Y los días en los que los sueños nos parecían factibles, aunque lo fueran por nuestra ingenuidad y candor; por lo que tenían de lejanos, en realidad, y no por nuestra capacidad o don para la maravilla.

Llegamos, en fin, hasta los días en los que construimos el parapeto de excusas necesario para seguir mirándonos al espejo con cierta simpatía. Aquel sucedáneo de nosotros que vive enfrente. Aquel simulacro de mí. Llegas a tiempo a encaramarte dócilmente en la rutina elegida. Aquella que nos resultó más cómoda. La que mejor nos plazca.

Así, hasta hoy por la mañana.
Y es entonces cuando el dolorcito desaparece y es sustituido por un franco, seco y sordo daño.

Perfecto, me digo.
Ya estamos listos.
Ya puedo ir a la oficina.

martes, 30 de marzo de 2010

Los nacimientos de Ernesto Corona



Se podría decir que Ernesto Corona nació torcido.

Pero no toda la culpa era suya.
Fue concebido con desgana, en el polvo semanal de un matrimonio que había incluido las cópulas entre el cambio de sábanas del viernes y el traje de vestir de los domingos. Ella no soportaba estar bajo él. Prefería sentarse encima suya a horcajadas y no tener que masticarle el aliento. Repasaba mentalmente las tareas pendientes hasta que sentía la respiración tajante de su hombre antes de vaciarse. Ahí agitaba la pelvis enérgicamente un rato hasta que le sentía ya calmado. El marido nunca fue muy imaginativo y prescindía de ternuras, apartándola con rudeza cuando acababa, antes de que le diera calor.

El niño vino al descuido, hijo de unos días en los que se creía que lavarse los sexos en una palangana tras el estallido servía para algo. Y para algo sirvió. El niño fue limpio hasta en el nacimiento. Ni una sola patada en ocho meses y medio de embarazo. Parecía muerto. Tanto que la madre no cayó en la cuenta de sus faltas hasta que el marido escupió un desaire un domingo tarde, viendo el partido. “Aparta de en medio, mujer. A este paso no te voy a poder ni sacar a la calle. Estás tan gorda como la Flori”.

La faena era mucha como para andar pendiente de algo todos los meses. Cómo iba a darse cuenta. Una no está para esas cosas. Vestía sólo por no ir con las vergüenzas al aire. Vestidos sin forma ni estampado, de espaldas a cualquier estética que los identificase. Sacos con costuras que bien podrían albergar dos mujeres. Lavarse la cara todos los días. Las orejas y el cuello, cada dos. Los peines, en otras casas. En la suya no. Cómo iba a darse cuenta…

Trabajó durante ocho meses y catorce días. El decimoquinto, parió, y en cama dos jornadas más, resangrándose el cuerpo. El nene no quiso salir y tardaron treinta horas en dar a luz un mojigato que apenas pesaba dos kilos trescientos. Mientras alumbraba, la mujer miraba a la matrona sudando rabia y desaguando miserias: “Este me la paga, por estas que me la paga”.

Ernesto no lloró. Ni tan siquiera cuando le dieron los azotes. Toda su vida le pasó lo mismo. Ante las situaciones nuevas, nunca sabía responder a la altura de las expectativas. Cuando quisieron ponerle el niño en brazos, la mujer lo rechazó de un grito “Anda, llévatelo de aquí que no lo quiero ni ver”. Y Ernesto sintió ya desde su nacimiento que habitaba en un lugar distinto al de su madre.

Su hombre, que esperaba fuera anticipando unos puros con sus compadres, mostró la sensibilidad de un fideo cuando vio a la criatura. “¿Y tanto grito pa’ esto?”. “¿Y qué esperabas, compadre?”, entre carcajadas, los vecinos de alumbramiento le palmeaban la espalda.

Y es que Ernesto era apenas.
Un niño sin más.
Nada guapo.
Carente de todo trazo de belleza.
Débil.
Un invento que no funciona.
Un juguete roto.
Un dialecto olvidado.

Como un laberinto sin monstruo.


Sujeto con alfileres al mundo y con su tacto de pluma, nadie esperó que el niño amaneciera al día siguiente. Parecía percibir la vida a ráfagas, respirando con intermitente dificultad, como si tuviera la boca cubierta con una tela. Una iluminada enfermera, de tanto dolerle los ojos de verle bordeando las malezas de la muerte, se decidió a juntarle con el bebé más hermoso nacido de madre en los últimos tiempos. Un mozo de los de presumir.

Entre las posesiones más hermosas con las que contó en su vida Ernesto, se encontró su hermano de cuna. A él se aferró esa noche, hermano prestado, patria efímera. Fue de su piel una calcomanía barata.

El chicarrón, simplemente, lo abrazó.
Y fue gracias a este calor, a este segundo nacimiento, que Ernesto pudo vivir sus días.

martes, 19 de enero de 2010

Contaba mi abuela... (I)



Contaba mi abuela, para no perderse, todos los cuadraditos de su “tarea”, como ella la llamaba.

Hacía punto. Y haciendo haciendo, se le habían formado surcos en los dedos y dioptrías en los ojos. En invierno, siempre compraba lana gordita y nos regalaba patucos con los que resbalar por el parquet y hacer carreras por los pasillos. Patucos gigantes cuando crecí y me quedé en mi 45 de pie, cuerpo desgarbado y sin lugar donde meter tanto brazo.

Mientas, mi abuelo escuchaba en su cabeza canciones de Farina. Y del niño de Marchena. Cada cuatro o cinco minutos daba una palmada hueca y musitaba en bajito un ¡ooole!, con la mirada clavada en los tiempos perdidos y la oreja plagada de toques nostálgicos.

Él tuvo, de siempre, los ojos mansos y ella miraba, de siempre, como árboles ardiendo.

Su rutina incluía paseo, partida de cartas diaria y misa de domingo. Ella no podía moverse bien, así que la veían por la tele y cuando llegaba la hora de darse la paz, el resto de la familia salíamos escopetados de la casa, ateos casi todos, y ellos se reían y nos abroncaban con la mirada.

Mi abuela intentaba siempre sus cosas conmigo. Cuando empezaban a cantar los parroquianos, ella me llamaba y me decía que por qué no me apuntaba a una de estas cosas, que con lo bien que tocaba la guitarra seguro que salía pronto en la tele, pero yo le decía que sólo tocaba para ligar con chicas, y que a lo mejor eso no estaba bien visto en la iglesia. Nos reíamos y la escena se repetía al domingo siguiente.

Por la tarde llegaba “el buchecito de café” con las dos galletas para cada uno al ritmo del silbido suave y constante de mi abuelo, que andaba despacito, mitad por años, mitad por pereza. Decía “fiuuuu fi fiiiú fí”, mientras se le oía acercarse. Nadie iba, por supuesto, a meterle prisa, muchos campos labrados a sus espaldas, demasiados jornales, y entre los ruidos que definen un hogar se grabó a fuego este silbido que se escuchaba cuando se acercaba mucho antes de que él asomara su nariz.

Jugaban a las cartas todas las tardes. Sin falta. Él adoraba el cinquillo. Ella el chinchón, o “mau-mau”, como lo llamaban en su tierra. Todas las tardes se turnaban e intentaban engañarse. “Hoy toca cinquillo” “Que nooooooo, qué cosas tienes, toca mau-mau” “Pero si ya jugamos ayer”, y con un enfado de mentira repartía las cartas del juego de ella.

Un día, mi abuelo, el roble, se empezó a sentir mal al levantarse. Poco después, en la madrugada, se nos murió en la ambulancia camino a quién sabe qué hospital desconsuelo. Pero yo creo que no era enfermedad lo que tenía sino ganas de descansar. Cuando alguien mantiene la piel morena durante años sin apenas salir de casa, significa que ha trabajado demasiado. Y él, tranquilo y escuchando sus cantecitos de Farina, se adelantó a quitarle las piedras del camino al bastón de mi abuela.

Todos lloramos mucho pero más mi abuela, que se me agarraba a la mano cuando mis padres se iban a hacer algún recado y lloraba conmigo cerca y los dos a solas, para no alertar a su hija, decía, que ya tenía bastantes preocupaciones. Pocos llantos tan dignos he conocido.

Las dinámicas en casa cambiaron. Todos seguíamos oyendo su silbido y sus pasos, y mirábamos al pasillo con la pasmosa fuerza de la rutina. A mi abuela se le apagaron los árboles encendidos de la mirada y caminaba más apoyada en el bastón que nunca. No volvió a coger una baraja de cartas. Y la galleta para el buche de café era una, no dos, descubrimos que la segunda no era para ella, sino para que el gamberro de mi abuelo tuviera tres y se guardara una para llevar algo en los bolsillos que echarle de comer a los pajaritos cuando salía a pasear con mi madre.

Durante unos meses, todo fue un poquito en blanco y negro. Y luego llegó el rodillo del tiempo.

Pasados ya tres años, entré una tarde en el cuarto de mi abuela, y la vi jugando un solitario. La imagen, grabada a fuego en mi cabeza, me retumbó durante años. Pero el caso es que me acerqué, ella tenía los ojos tiritando, se la notaba al límite de sus pequeñas fuerzas, con la boca sin color de llevarla apretada. Yo le pregunté por su juego favorito fingiendo naturalidad.

- ¿Qué abuela? ¿Te apetece que te gane unas partidas al mau-mau?

Y mi abuela, con la mirada mordida de dolor y la voz quebrada, musitó bajito:

- Mejor un cinquillo

Y empezó a repartir las cartas, algunas de ellas algo dobladas por la humedad de un par de lágrimas que no tuvieron la decencia de permanecer en el lugar que les correspondía…

martes, 14 de julio de 2009

Cádiz



la brisa inconmovible
y la ola que repasa
metódicamente
cercos de pies,
arena anónima

el batiente de humedad
que revela un misterio
para el que aún no se ha inventado
artilugio que lo entienda
ni mujer que lo intuya.

la fruta muerta en la orilla
el pez ahogado que desestima el agua
la caña del pescador fundando cartabón
la ruina bella, sin fulgores
del castillo nacido de mis propias manos.

El sol achatado y menos hermoso
que su reflejo anaranjado en el agua mansa.